Hoy tuve un buen día. Yendo de allá para acá, de acá para allá. Me distraje, no sufrí mis habituales ataques de neurosis. Bueno… tal vez uno leve al despertar.
No pensé mucho en ese tiempo. Aunque, ineludiblemente, en algún momento del día siempre pienso en él. Siempre hay algo que me lo recuerda. Se infiltra en mi cabeza de una forma sorprendente. Casi sin querer.
Voy repasando los acontecimientos, desde el principio.
Era un tipo… tímido, torpe. A veces lo miraba y pensaba que no le importaba nada, que la vida había perdido interés para él. Cada vez que lo miraba pensaba que era un tipo raro. Y que era extraordinariamente bello. Cosa rara… Nunca pude acostumbrarme al impacto que me producía verlo.
Lo encontré en un lugar extraño: un manicomio. Los convencionalismos no sirvieron de nada. Repito: era una casa para locos. Distintas circunstancias nos habían puesto en ese lugar. Yo sufría ataques de ansiedad y él, esquizofrenia. ¡Las coincidencias eran asombrosas!
Nos encontrábamos en ese loquero, en otros loqueros, y afuera de los loqueros. Encuentros cortos, casi con gusto a clandestinidad.
Cuando me dieron de alta, fijamos un punto de encuentro. Una selva, con artefactos que me recordaban al manicomio. Nos rodeaban animales salvajes, criaturas de otros mundos, plantas de especies exóticas. Era un paisaje fértil, para huir unas horas de la monotonía de la vida real.
Con el tiempo empezaron los problemas, porque a mí el espacio me quedaba chico. Cuando iba a buscarlo sentía una desazón que nada tenia que ver con los animales salvajes. Pero nunca pudimos ponernos de acuerdo para buscar una alternativa. A mí no me iban a admitir de nuevo en el loquero: cuando te dan de alta, ya no quieren volver a verte. Insisten en que estás curado, y que, en cualquier caso, deberías buscar otro médico. Y él no quería buscar otro lugar, por temor a que nos encontraran. La selva era segura, y él todavía tenía delirios persecutorios.
Me resigné a lo evidente y dejamos al tiempo transcurrir. Después de todo, era divertido correr por entre los árboles, hablar por horas a la sombra de las hojas de palma, ver piedras rodar y luchar con fantasmas. Pero siempre flotaba en el aire un aroma perecedero, que ni el perfume de las flores podía neutralizar.
Había días en que no cruzábamos palabra. Estábamos tan absortos, cada uno en sus pensamientos, que no nos dábamos cuenta de la existencia del otro; casi la olvidábamos. Implícitamente, los dos sabíamos que el otro sentía ese olor agrio.
Empecé a creer que ese aroma indefinible provenía de algo que se nos había perdido, y estudiaba con paciencia todos los pasos que habíamos dado, para ver si descubría su origen. Y comencé a mirarlo como a un extraño, un ser que simplemente estaba ahí, pero que podía desaparecer si así lo deseaba. El espacio en el que habíamos confiado podía no estar ahí la próxima vez.
Cada día corríamos menos, y hablábamos menos aún. Cuando lo encontraba, después de largas caminatas solitarias, pasaban unos segundos antes de que recordara cuál era la razón por la que estaba ahí. Nunca supe si él también pensaba lo mismo.
Por momentos nos acercábamos de nuevo, y otra vez las palmeras, otra vez las corridas agotadoras, otra vez los bichos… y otra vez los monstruos. Y la fragancia seguía ahí.
No recuerdo cuánto tiempo duró esa época. Era un poco irreal. Un día llegué a la habitación, y no había nada, ¡estaba vacía! Ni animales salvajes, ni criaturas de otros mundos, ni plantas de especies exóticas, ni hamacas, ni cables. Me sorprendió descubrir que no me sorprendía. Entonces caí en la cuenta de lo que era esa esencia. Di media vuelta y salí caminando despacio, pensando, recordando viejos tiempos.
Había vuelto a la vida real, y siempre había sabido que pertenecía a ese lugar... Aunque, ahora que lo pienso, nunca debieron darme de alta en el manicomio.
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