sábado, 31 de marzo de 2012

Siete versiones


Nina Simone


Chet Baker


Billie Holiday


Ella Fitzgerald


Miles Davis All-Stars (instrumental)


John Coltrane Quartet (Instrumental)


George Benson


etc.

Primero escuché el de Nina Simone. Después viajé. Un tema que descubrí ayer y algunas de sus versiones. Reconciliación.

viernes, 16 de marzo de 2012

Desencantos del ácido


I
Me reencontré en medio de la nada.
Con mi desnudez translúcida.
Mis dedos fríos.
Mi insensibilidad olvidada.
Mi razón enferma.
Mi piel quebrada.
Allané caminos por lluvias y ladrillos
Caminé los laberintos de la memoria
Desperté noches dormidas
Escuché tristezas infinitas desgranarse
Lloré penas ajenas y propias
Conduje casi hasta el desmayo
Fui lo impensado y lo invisible.
El último pasaje nocturno
Vas a recordarme, aunque nunca lo grites.
Que casi todo es la misma mierda
Que estás al revés.
Una forma a disposición,
en el perfil sobrevaluado,
mezquino, decepcionante,
de ficciones y realidades  imperecederas.
Te pregunto
¿Qué sucede si el mundo no habla?
Si lo sabés, decímelo.
Si no lo sabés, ya nunca vuelvas a decirme nada.
Porque todo seguiría siendo inerte
y porque no tendrías nada para enseñarme.

martes, 13 de marzo de 2012

All the birds that were singing...


"A veces hay una luz al final del túnel y a veces hay un agujero oscuro.
El punto es que no obtendrás aventura en la música,
si no estás dispuesto a correr riesgos."


The Grateful Dead es una de las bandas que más me gustan. No sé exactamente por qué, no es el tipo de música que más escucho. Tal vez es justamente eso lo que hace que me llegue tanto su música: porque me sorprendió a mí misma el hecho de que me gustara.
He escuchado, y me gustan, muchas bandas, muchos estilos, de todos lados, de varios idiomas, pero no todas las músicas nos llegan de la misma manera. Incluso, no todos los temas de una banda nos provocan las mismas sensaciones.
Cuando "descubrí" American Beauty me pasó algo que no es tan frecuente. Me llegó de una forma tan directa que es imposible, y casi inútil, explicarlo. Las melodías tienen la capacidad de transportarme. La variedad de géneros musicales que abordó The Grateful Dead, su historia, su capacidad de improvisación y la "filosofía" de la banda, muy propia de la época, también son factores que me cautivan.
No puedo decir que he escuchado todos sus discos ni que he leído todas sus letras. Asimilar y conocer la totalidad de su trabajo es algo que lleva tiempo, teniendo en cuenta que fueron muy prolíficos. Además de los discos de estudio, tienen varios en vivo. Y sus actuaciones, a veces de una duración de 6 ó 7 horas, son joyas que vale la pena tomarse el tiempo para disfrutar.
En sus letras no tratan temáticas sociales o políticas. Tampoco tienen demasiadas letras que involucren una introspección profunda en la propia alma del ser humano, como las tiene Pink Floyd, por ejemplo.
(Dicho sea de paso, esa es una de las razones por las que Pink Floyd también me llega, a pesar de que fue una banda a la que empecé a escuchar tarde. Sus letras son brillantes, ahondan en los pensamientos, sentimientos, miedos e instintos más profundos y reprimidos del hombre. No sé por qué nunca antes le había dado mucha pelota, pero me alegro de haberlo hecho.)
Las letras de The Grateful Dead son casi siempre sencillas, con mensajes y metáforas simples. Transmiten experiencias e identifican sentimientos que cualquiera puede tener. Tampoco la calidad de las voces de The Grateful Dead destaca de forma sobresaliente sobre otras bandas, a pesar de que son geniales. Y sigue siendo diferente...
Acá, dos discos completos, American Beauty e Infrared Roses, más algunas palabras de Jerry García para el que tenga ganas de leer en inglés.
Para mí, es una banda de escucha obligatoria.



Primero. American Beauty (1970).



















"He pasado toda mi vida buscando aquello que aún no ha sido cantado..."
Jerry García fue guitarrista y voz de la banda. Los miembros de The Grateful Dead se consideraban a sí mismos como participantes igualitarios en su producción. Tenían una posición fuertemente democrática y no existía para ellos un líder, aunque por el hecho de haber sido la voz principal, Jerry García siempre fue considerado por el público como la cabeza de la banda. Yo lo veo como un personaje hipnotizante.


“(…)  the function that musicians have and the discipline required to become a good musician are things that people who aren't into some kind of discipline don't understand.You have to have a certain kind of discipline to get around to learn how to play an instrument anyway. It's not a question of where it comes from. With most musicians it comes from loving music, and so you develop a kind of discipline out of that without even knowing what it is.But the point is that you've devoted your life to something, and you do it mostly as an experience that you alone can understand. Later on, your music is something you can share with other people because of the effort you've made. But it's that early effort that counts. Nobody supports that effort. It's the effort where someone says, "Hey man, how'd you like to go partying?" "No, I think I'll stay home and play." And anyone who's a good musician has spent a certain amount of his life in that world.”

Segundo. Infrared Roses (1991. Compilado de temas en vivo).




"He llegado a muchos mundos, desde que me fui de casa por primera vez..."
En la época, era corriente el uso de drogas como el LSD, la heroína y la marihuana en el ambiente de la música. A partir de 1964, el escritor Ken Kesey, con su grupo "Los Bromistas Alegres", comenzaron a recorrer los Estados Unidos organizando reuniones abiertas de consumo de LSD, conocidas como Acid Tests. The Grateful Dead acompañaba al grupo, actuando en estos encuentros sobre el escenario.
Jerry García y anteriormente Brent Mydland, tecladista de la banda, murieron a causa de las drogas. Mydland falleció en 1990 a causa de una sobredosis y Jerry García falleció en 1995 mientras estaba en un centro de rehabilitación.

"There's a thing about playing stoned without having pressure on you to play competently. If you have the space in your life where you can be high and play and not be in a critical situation, you can learn a lot of interesting things about yourself and your relation to the instrument and music. We were lucky enough to have an uncritical situation, so it wasn't like a test of how stoned we could be and still be competent - we weren't concerned with being competent. We were more concerned with being high at the time. The biggest single problem from a practical point of view is that obviously your perception of time gets all weird. Now that can be interesting, but from a practical standpoint I try to avoid extremes of any sort, because you have the fundamental problems of playing in tune and playing with everyone else. People have to pay a lot of money to see us, so it becomes a matter of professionalism. You don't want to deliver somebody a clunker just because you're too high. I don't, anyway."

jueves, 8 de marzo de 2012

Sobre muros y puentes

Siempre volvemos al mismo sitio. Conexión fugaz, pero profunda. Tu imagen se desvaneció, pero la eterna lucha de los cuerpos quedó intacta. La piel tiene INSTINTO y MEMORIA.
¿Cómo era la nuestra? ¿Por qué nadie nos advirtió de lo necios que seremos?
Me pediste que no escapara. Dijiste que olvidamos un recuerdo cuando se vuelve borroso, y que hablar libera.
Con las primeras luces me deslicé hacia fuera. El mundo me dijo que era lo correcto y no miré para atrás.
Tu insistencia no altera mis certezas. ¿Qué pensaste cuando despertaste y había desaparecido?
El olvido llega el día en que dejamos de esperar. Prefiero el silencio y la nostalgia no ha palidecido aunque haya caminado por suelos fríos.
No habrá permanencia.
No hables ni me hagas preguntas. Cada vez que lo hacés, iluminás y oscurecés mi vida.
La casualidad nos ofreció horas perfectas. Realmente, eso es todo lo que importa.
Por encargo, desde Walls and Bridges.
Dibujo de Meryl.

viernes, 2 de marzo de 2012

Poema 24

Ya he publicado varias cosas de Girondo, pero es tan genial, que no puedo dejar de hacerlo.


Espantapájaros. Poema 24.
El 31 de febrero, a las nueve y cuarto de la noche, todos los habitantes de la ciudad se convencieron que la muerte es ineludible.
Enfocada por la atención de cada uno, esta evidencia, que por lo general lleva una vida de araña en los repliegues de nuestras circunvoluciones, tendió su tela en todas las conciencias, se derramó en los  cerebros hasta impregnarlos como a una esponja.
Desde ese instante, las similitudes más remotas sugerían, con tal violencia, la idea de la muerte, que bastaba hallarse ante una lata de sardinas –por ejemplo- para recordar el forro de los féretros, o fijarse en las piedras de una vereda, para descubrir su parentesco con las lápidas de los sepulcros. En medio de una enorme consternación, se comprobó que el revoque de las fachadas poseía un color y una composición idéntica a la de los huesos, y que así como resultaba imposible sumergirse en una bañadera, sin ensayar la actitud que se adoptaría en el cajón, nadie dejaba de sepultarse entre las sábanas, sin estudiar el modelado que adquirirían los repliegues de su mortaja.
El corazón, sobre todo, con su ritmo isócromo y entrañable, evocaba las ideas más funerarias, como si el órgano que simboliza y alimenta la vida sólo tuviera fuerzas para irrigar sugestiones de muerte. Al sentir su tic-tac sobre la almohada, quien no llorara la vida que se le iba yendo a cada instante, escuchaba su marcha como si fuese el eco de sus pasos que se encaminaran a la tumba, o lo que es peor aún, como si oyese el latido de un aldabón que llamara a la muerte desde el fondo de sus propias entrañas.
La urgencia de liberarse de esta obsesión por lo mortuorio, hizo que cada cual se refugiara –según su idiosincrasia- ya sea en el misticismo o en la lujuria. Las iglesias, los burdeles, las posadas, las sacristías se llenaron de gente. Se rezaba y se fornicaba en los tranvías, en los paseos públicos, en medio de la calle... Borracha de plegarias o de aguardiente, la multitud abusó de la vida, quiso exprimirla como si fuese un limón, pero una ráfaga de cansancio apagó, para siempre, esa llamarada de piedad y de vicio.
Los excesos de libertinaje y de la devoción habían durado lo suficiente, sin embargo, como para que se demacraran los cuerpos, como para que los esqueletos adquiriesen una importancia cada día mayor. Sin necesidad de aproximar las manos a los focos eléctricos, cualquiera podía instruirse en los detalles más íntimos de su configuración, pues no sólo se usufructuaba de una mirada radiográfica, sino que la misma carne se iba haciendo cada vez más traslúcida, como si los huesos, cansados de yacer en la oscuridad, exigieran salir a tomar sol. Las mujeres más elegantes –por lo demás- implantaron la moda de arrastrar enormes colas de crespón y no contentas con pasearse en coches fúnebres de primera, se ataviaban como un difunto, para recibir sus visitas sobre su propio túmulo, rodeadas de centenares de cirios y coronas de siemprevivas.
Inútilmente se organizaron romerías, kermeses, fiestas populares. Al aspirar el ambiente de la ciudad, los músicos, contratados en las localidades vecinas, tocaban los “charlestons” como si fuesen marchas fúnebres, y las parejas no podían bailar sin que sus movimientos adquiriesen una rigidez siniestra de danza macabra. Hasta los oradores especialistas en exaltar la voluptuosidad de vivir resultaron de una perfecta ineficacia, pues no sólo los tópicos más experimentados adquirían, entre sus labios, una frigidez cadavérica, sino que el auditorio sólo abandonaba su indiferencia para gritarles: “¡Muera ese resucitado verborrágico! ¡A la tumba ese bachiller de cadáver!”.
Esta propensión hacia lo funerario, hacia lo esqueletoso, ¿podía dejar de provocar, tarde o temprano, una verdadera epidemia de suicidios?
En tal sentido, por lo menos, la población demostró una inventiva y una vitalidad admirables. Hubo suicidios de todas las especies, para todos los gustos: suicidios colectivos, en serie, al por mayor. Se fundaron sociedades anónimas de suicidas y sociedades de suicidas anónimos. Se abrieron escuelas preparatorias al suicidio, facultades que otorgaban título “de perfecto suicida”. Se dieron fiestas, banquetes, bailes de máscaras para morir. La emulación hizo que todo el mundo se ingeniase en hallar un suicidio inédito, original. Una familia perfecta –una familia mejor organizada que un baúl “Innovation”- ordenó que la enterrasen viva, en un cajón donde cabían, con toda comodidad, las cuatro generaciones que adornaban. Ochocientos suicidas, disfrazados de Lázaro, se zambulleron en el asfalto, desde el veinteavo piso de uno de los edificios más céntricos de la ciudad. Un “dandy”, después de transformar en ataúd la carrocería de su automóvil, entró en el cementerio, a ciento sesenta kilómetros por hora, y al llegar ante la tumba de su querida se descerrajó cuatro tiros en la cabeza.
El desaliento público era demasiado intenso, sin embargo, como para que pudiera persistir ese ímpetu de aniquilamiento y exterminio. Bien pronto nadie fue capaz de beber un vasito de estricnina, nadie pudo escarbarse las pupilas con una hoja de “gillette”. Una dejadez incalificable entorpecía las precauciones que reclaman ciertos procesos del organismo. El descuido amontonaba basuras en todas partes, transformaba cada rincón en un paraíso de cucarachas. Sin preocuparse de la dignidad que requiere cualquier cadáver, la gente se dejaba morir en las posturas más denigrantes. Ejércitos de ratas invadían las casas con aliento de tumba. El silencio y la peste se paseaban del brazo, por las calles desiertas, y ante la inercia de sus dueños –ya putrefactos- los papagayos sucumbían con el estómago vacío, con la boca llena de maldiciones y de malas palabras.
Una mañana, los millares y millares de cuervos que revoloteaban sobre la ciudad .oscureciéndola en pleno día, se desbandaron ante la presencia de una escuadrilla de aeroplanos.
Se trataba de una misión con fines sanitarios, cuyo rigor científico implacable se evidenció desde el primer momento.
Si aproximarse demasiado, para evitar cualquier peligro de contagio, los aviones fumigaron las azoteas con toda clase de desinfectantes, arrojaron bombas llenas de vitaminas, confetis afrodisíacos, globitos hinchados de optimismo, hasta que un examen prolijo demostró la inutilidad de toda profilaxis, pues al batir el récord mundial de defunciones, la población se había reducido a seis o siete moribundos recalcitrantes.
Fue entonces –y sólo después de haber alcanzado esta evidencia- cuando se ordenó la destrucción de la ciudad y cuando un aguacero de granadas, al abrasarla en una sola llama, la redujo a escombros y a cenizas, para lograr que no cundiera el miasma de la certidumbre de la muerte.
 Oliverio Girondo