ILUSIONISTA Y PASTOR
PASTOR. – Cada día se está poniendo esto más duro. ¡Si no fuera porque, en el fondo, somos unos idealistas!
ILUSIONISTA. – Le diré a usted; a mí los idealismos… (Aplasta contra el suelo su bastón y se lo guarda en el bolsillo.)
PASTOR. – ¿Mucho trabajo?
ILUSIONISTA. – Nada; viejos, niños, criadas… ¡Matinée! (Buscando algo saca una flauta en la que sopla un acorde y la pasa al otro bolsillo.) Y usted, ¿contento?
PASTOR. – Desarraigado. Yo he nacido para la Universidad. (Nostálgico.) La Sorbona, Oxford, Bolonia…
ILUSIONISTA. – Yo para el circo: Hamburgo, Marsella, Barcelona… (Repite el juego con unos pañuelos que al deslizarse entre sus manos cambian de color.)
PASTOR. – La biblioteca hasta el techo, la campana, el claustro gótico…
ILUSIONISTA. – La vieja carpa de lona, los caminos…
PASTOR. – ¡Cuarenta años de estudiar sentado!
ILUSIONISTA. – ¡Cuarenta países a pie!
PASTOR. – En cambio ahora…
ILUSIONISTA. – A lo que hemos llegado, compañero. ¿Una banana?
PASTOR. – No, gracias. (El ilusionista pela y come filosóficamente la suya.) Sé que tenemos una gran responsabilidad social. Pero esos nombres de espías… ¿Hay derecho a que un hombre como yo se llame el “F-48”?
ILUSIONISTA. – ¿Y…? Yo soy el “X-31”, y me aguanto.
PASTOR. - ¿Pero no siente la angustia metafísica de estar muerto debajo de esa letra y ese número?
ILUSIONISTA. – Le diré a usted: a mí la angustia metafísica… (Come.)
PASTOR. – Mi nombre verdadero es Juan. Poca cosa, ¿verdad? ¡Pero humano, señor, humano! Millares de Juanes han escrito libros y han plantado árboles. Millones de mujeres han dicho alguna vez en cualquier rincón del mundo “te quiero, Juan”. En cambio, ¿quién ha querido nunca al “F-48”? Juan sabe a pueblo y a eternidad: es el hierro, la madera de roble, el pan de trigo. “F-48” es el nylon.
(El ilusionista termina de comer su banana y guarda la cáscara en el bolsillo.)
ILUSIONISTA. – A mí me gusta el nylon; es cómodo y barato. ¡El porvenir! (Se limpia con un pañuelo rojo, que, al soltarlo, vuelva rápidamente a su sitio.)
PASTOR. – ¡No, no me diga que soy el único en sentir esta angustia! ¿Podría usted resignarse a ser eternamente el “X-31”?
ILUSIONISTA. – Cuesta un poco. La primera vez que me oí llamar así creí que estaban llamando a un submarino. (Saca una especie de cigarrera que abre a resorte y se ilumina.) ¿Un cigarrillo?
PASTOR. – Tengo que acostumbrarme a esta maldita pipa. (El Ilusionista enciende con un fósforo que rasca en el codo.) Y a cantar, y hasta a bailar si es preciso. ¡Pero ese nombre, ese nombre…! ¿Cómo pudo decir Guillermo que el nombre no significa nada? (Recita.)
“Montesco o no Montesco, tú eres tú!
En cambio un nombre, ¿qué es? Ni pie ni mano
Ni brazo ni semblante
Ni cosa alguna que al hombre pertenezca.”
¡No estoy conforme!
ILUSIONISTA. - ¿Con quién?
PASTOR. – Con Shakespeare.
ILUSIONISTA. – Le diré a usted; a mí Shakespeare…
(Se aprieta con el índice un oído soltando por el otro un largo chorrito de agua.)
PASTOR. – ¡Pero a mí sí, a mí sí! Puedo recitar sus obras completas de memoria. Algún día hasta soñé con escribirlas parecidas. (El Ilusionista lanza en el suelo un trompo de música.) ¿Y en qué he venido a parar?
ILUSIONISTA (mirándole por primera vez de frente.). – No somos nadie, hermano, usted, un catedrático sin cátedra; yo, un ilusionista sin ilusiones. Podemos tratarnos de tú.
Autor: Alejandro Casona
No hay comentarios:
Publicar un comentario