Y pensé que tal vez había abusado de la impunidad de la autorreferencia anónima y de la ejemplificación. Pero lo que en realidad había hecho era ser. De eso me di cuenta después.
Las palabras vacías de significado habían producido en mí el efecto de una llave. No importaba que no tuvieran significado, estaban ahí. Y no podía dejar de verlas. No quería reconocer la indiferencia, la ambigüedad, la falsedad.
Me sumergí en el delirio del omnipotente. Podía hacer lo que quisiera, podía transformar lágrimas en soles si quería. Podía hacer del ser más reticente la persona más amable.
La evidencia del tiempo y del fracaso me quitó la razón y la fiebre de omnipotencia dejó paso a un letargo de apatía soportable que no llamó la atención de nadie. No sabía si eso era bueno o malo, no terminé de decidirlo en ese momento, y aún hoy no lo puedo hacer. Me refiero al hecho de no llamar la atención. No me termina de gustar que me estén preguntando qué me pasa, o si estoy bien, o si estoy mal. Pero me gusta la gente perceptiva. De todas maneras, era una estupidez decidirse sobre eso. Ninguna reacción me molestaba en demasía.
Como sea, la apatía tenía su lado positivo. La gente cree que es un estado negativo, malo, que es un síntoma de una enfermedad. Pero en la apatía podés tomar distancia de algunas cosas y mirarlas con una cierta indiferencia tal que te deja pensar sobre ellas. Podés mirar para atrás, para adelante, para adentro, para afuera. Lo que resultaba más difícil era tomar decisiones. Pero, ¿quién quiere tomar decisiones en un sueño?
Entonces, tal vez no era apatía... Era otra cosa. Era insensibilidad, o capitulación. En cualquier caso, era inevitable sentirse un poco decepcionado.
“La vida sería tan maravillosa si tan sólo
supiéramos qué hacer con ella”. (Greta Garbo)
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